LOS PICK UP EN COLOMBIA
Los primeros Picós fueron construidos en Colombia en 1950 y en sus inicios eran extensiones de la vitrola familiar a la que empezaron a conectar pequeños altavoces que luego se colgaban en los árboles del patio trasero de las casas para generar más volumen durante las fiestas.
La sabiduría popular dice que los “costeños” siempre quieren tener un sonido más potente que el del vecino, por lo que los picós rápidamente se empiezan a alquilar para fiestas familiares, estaderos y verbenas populares; con el tiempo se vuelven cada más elaborados lo que genera un desarrollo tecnológico en el que algunos técnicos aprendieron cómo adaptar, cada vez más profesionalmente, los parlantes a amplificadores más grandes con el fin de proporcionar más potencia de volumen.
En los 50´s las cajas de sonido no rebasaban un metro de altura, 1 ó 1.20 m. de ancho y sólo tenían dos parlantes con bobinas de 15 ó 18 pulgadas, generalmente de marca Jim Lansing (después conocidos como JBL por las siglas del nombre de este ingeniero electrónico norteamericano).
EL ARTE PICOTERO
Parte de la mística de la movida picotera está en el nombre y el eslogan con el que son bautizados estos equipazos. Algunos de los nombres más llamativos de esa primera generación de picós son:
De Barranquilla
VIVOS
El Timbalero: “El que arrolla sin agüero”
El Sibanicú: “El que prefieres tú”
MUERTOS
El Coreano: “El tanque de guerra”
El Concorde: “Con técnica japonesa”
De Cartagena
VIVOS
El Guajiro: “El Tira flechas”
El Isleño: “El león de la Salsa”
MUERTOS
El Supersónico: “El jet”
El Conde de Cartagena
LA ERA DE LOS ESCAPARATES
Fueron los protagonistas de la primera era del picó. Llegaron hasta finales de los años 80. Contaban con bafles tipo “escaparates”, arriba de los cuales se ubicaba un bafle especial (llamado “regadera”) para colocar los brillos, donde además se solía escribir el nombre del picó. Adicionalmente, contaba con unos bafles pequeños (llamados “columnas”) para distribuir el sonido. La música se reproducía a través de uno o dos tocadiscos puestos sobre una base de madera (llamada “tornamesa”). Los más pequeños alcanzaban los 200 vatios de sonido, mientras que los más grandes llegaban hasta 2700.

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